Quizás hablar de una perla de -o en- Montserrat es tanto como incurrir en redundancia, donde “perla” y “Montserrat” serían, en esencia, términos intercambiables; si así no fuese, el uno supone al otro, y viceversa. Sólo en el Monte Serrado puede hallarse la perla de gran valor; toparse con el tesoro, es sino de cumbre.
Es por ello que daría lo mismo empezar con una definición biológica de “perla” o discurrir en la geografía de Montserrat. Sin embargo, no es la biología o la geografía lo que explicarían el desafío ontológico que pre-vé nuestra redundancia.
Lo cierto es que la Perla de Montserrat, como tal, es y no es un lugar. Uno puede hacer cumbre o puede encontrar un tesoro, que sería tanto como volver a nacer, protagonizar la vida del llamado Hombre Nuevo, des-cubrir al ente, condición del verbo. A su diestra, un ángel; a su izquierda, la muerte.
En el año 880 d.C., unos pastorcitos de Bages, fueron sorprendidos por una luz procedente del interior de la montaña. Al adentrarse en la cueva, encontraron una imagen de la Virgen María. Allí se construyó la eremita de Santa María, más tarde Monasterio de Montserrat, perteneciente a la Orden de San Benito. Con el tiempo, las facciones de la imagen adquirirían su coloración actual, lo que le valió el apelativo de “La Moreneta”.
En el año 1755 d.C., don Juan Pedro Sierra decidió construir una capilla en Santa María del Buen Ayre, por entonces Virreinato del Perú, para veneración de la Madre de Dios en la advocación de Nuestra Señora de Montserrat. Posteriormente, en el año 1770 d.C., la Hermandad de Nuestra Señora de Montserrat, construyó un templo de mayor porte, sede parroquial, la tercera en antigüedad después de la Catedral Metropolitana y la Inmaculada Concepción. Desde el año anterior, existía administrativamente el barrio de Montserrat.
El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo o a una perla de gran valor (S. Mateo 13: 44-52). Sea que uno se tope con un tesoro o se dedique al mercado de perlas finas, la aptitud y la actitud posterior de elegir el Reino (cf. S. Lucas 12: 22-34), será la nota que caracteriza la libre decisión de Ser, cuando todo conspira para que no seamos o para que definamos al Ser desde el hacer y el dudar (cogito cartesiano).
El 14 de junio del año 2017 d.C., cristalizaron las vocaciones de Doña Aleida y Don Teófilo, quienes cual pastorcitos de Bages, fueron sorprendidos por Montserrat y, sin hesitación, adquirieron una plaza en el susodicho barrio porteño. Este acto, discernido, más o menos atravesado por la historia, representaba en esencia, un atrevimiento, un tomar al Príncipe del Mundo por las astas y celebrar un compromiso con lo Eterno, abrir una llaga en el corazón del totalitarismo liberal que ahoga cada vocación ontológica; respirar una libertad auténtica donde el recogimiento interior siga siendo una opción y, como tal, puerta franca a una común-unión en el Santo Espíritu.
La Perla de Montserrat es la proclama de un “no lugar”, de un oasis en medio del desierto de nuestras coordenadas existenciales: posmodernidad en la Ciudad de la Furia. Como lugar es temporal, una guarida, un refugio, un espacio de recogimiento para los afines, los íntimos adscriptos al preferentemente minúsculo círculo de “culos con hormigas” buscadores de la Eternidad. Como no-lugar es un estado, una condición que es destino y punto de partida, misterio, servicio, testimonio, éxtasis. Una excepción en la trama del mundo, sancta terra ignota para discernir que sólo podemos ser libres en lo Eterno y que, inmersos en lo efímero, nos concebimos insurrectos, esto es: amantes, guerreros, católicos, en la consciencia de que estamos en el mundo sin ser del mundo (cf. S. Juan 15:19) y que al César lo que es suyo, pero antes a Dios (cf. S. Mateo 22:21). Un consulado temporal, espontáneo, de la Ciudad de Dios en la consciencia de nuestra finitud y en la expectativa de los últimos días (cf. S. Mateo 18:20), la única revuelta/insurrección contra la posmodernidad que concebimos con los pies en la tierra y la mirada en el Cielo (cf. S. Josemaría, Camino 813).
La Perla de Montserrat puede ser, acaso y como dijéramos, una plaza privada, que se piensa como una excepción invisible. En tanto plaza, a la vista de todos, ἀγορά; en tanto privada, representa un círculo selecto bajo el parámetro de la intimidad y la confianza; en tanto invisible, representa una novedad respecto de otras experiencias secretas dentro de la historia de la Iglesia, como las catacumbas. El oxímoron de una plaza secreta, no es más que otro desafío a nuestra rígida matriz de representación (cf. S. Marcos 6:52).
Donde el templo de la Iglesia es la regla ordinaria, la Perla es su opción extraordinaria (cf. Catecismo 2689), en el carisma de asegurar para los afines, contra todo pronóstico del oscurantismo posmo, la via sacra hacia el Castillo Interior (cf. S. Teresa de Jesús, Primeras Moradas). La Perla de Montserrat encarna un carisma jubilar. Así, en tanto יובל, denota una excepción sabática; y en tanto iubilaeum, fiesta y gozo.
En una sociedad donde no hay margen para la intimidad y el ocio, donde la exposición autoreferencial y el frenesí por escapar al instante del vacío son la norma asfixiante, se antepone un parate donde respirar introspección y vivir la alegría de la permanencia (cf. S. Josemaría, Camino 665).
En una sociedad de máxima alienación y vicio donde todos nos creemos dioses y magos (Génesis 3:5), anteponemos la única opción de vanguardia trascendente que interpreta el carácter de esta nueva edad del hombre y la fórmula para permanecer de pie entre ruinas: diligere Deum super omnia et proximum sicut nos ipsos (S. Mateo 22:23-39).
La montaña de Montserrat, la experiencia del Monte Serrado, no es otra que la del Carmelo, llamado Monte de la Perfección; pero también puede llamarse Gólgota: nada, nada, nada, nada, nada. La Perla es una invitación al amor, a la plenitud, a la autenticidad, a la libertad fruto del reconocimiento de una dignidad que se creía perdida: la de hijos de Dios. La Perla cristaliza el acto insurgente de alegrarse en Dios como íntimos hermanos y dejar una huella anónima que dé testimonio y sirva al prójimo.
La Perla de Montserrat resulta, entonces, increíble a los ojos vulgares; casi decir, invisible, un eje vertical que interrumpe un insondable desierto que se pierde en el horizonte. Encontrarla es ya el primer desafío y condición para llamar a sus no-puertas. Casi que se deja ver cuando uno comienza a ver, acaso, como representación pura del sujeto avolitivo del conocer.
En el día de la Asunción de Nuestra Señora de Montserrat, declaramos un Compromiso de Amor: que esta joya predilecta será el equivalente en el oscurantismo posmo a una utopía renacentista y, simultáneamente, axis mundi, donde no rige la ley de los hombres y donde, simplemente, nos reconocemos hermanos.
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